Ayuda a los adolescentes a sopesar los riesgos y beneficios de interactuar online

Juan mira a sus dos hijas preadolescentes, que se hacen selfis sin parar. No acaba de entender por qué ponen caras raras delante de la cámara y se hacen la misma foto una y otra vez. Cuando les pregunta qué hacen, las niñas resoplan de impaciencia y dicen: “Estamos “esnapeando” con las amigas!” Juan se imagina que eso de “esnapear” tiene que ver con las fotos, pero le preocupa que subir tantas imágenes a internet pueda estar poniendo a las niñas en riesgo.

 

Prácticamente todos los niños y adolescentes con acceso a un ordenador, tableta o teléfono móvil se conectan al ciberespacio a diario. La mayor parte del tiempo usan internet para enviar mensajes (87%), navegar en redes sociales (como Snapchat, Instagram, etc.) (83%), enviar y recibir correos electrónicos (77%), usar mensajería instantánea tipo WhatsApp  (63%), hablar por video-conferencia (59%), jugar online de forma individual o en foros multijugador (45%), visitar mundos virtuales (como Minecraft) (35%), escribir en blogs (28%) y tuitear (27%).

Generalmente, hay una enorme diferencia entre lo que creemos que hacen nuestros hijos cuando se conectan a internet, y lo que realmente hacen. Como padres, tendemos a subestimar gravemente el tiempo que los niños pasan conectados. Tampoco somos capaces de explicar en detalle a qué actividades dedican su tiempo en internet. La razón es que normalmente no conocemos las aplicaciones que están usando, porque cambian muy rápidamente.

En el momento de redactar este artículo, las aplicaciones más populares entre los niños y adolescentes son:

Aplicaciones de mensajería instantánea:

  • WhatsApp permite al usuario enviar texto, audio, video, gráficos y fotos a una o más personas simultáneamente, sin límite de mensajes ni de receptores. Los adolescentes han visto el mundo abierto con esta plataforma, sobre todo cuando los padres les limitan los mensajes de texto clásicos (SMS) a través del móvil. Además, este flujo de mensajes no deja rastro en la factura del teléfono a final de mes. Por ello, en WhatsApp los adolescentes pueden tener una segunda vida que sus padres no pueden monitorizar.

Aplicaciones temporales

  • Snapchat es una aplicación que envía fotos o micro videos de hasta 10 segundos, los cuales pueden ser modificados con filtros estáticos o dinámicos. Es seguramente una de las apps más popular entre los adolescentes, porque se supone que los mensajes desaparecen después de ser vistos. Sin embargo, este puede no ser el caso, si alguien captura las imágenes y las guarda o las difunde. Esta característica de la temporalidad, sin embargo, produce una sensación de falsa seguridad, y los chicos y chicas tienden a enviar snaps (“instantáneas”) que probablemente no compartirían si supieran que van a permanecer en el tiempo.

Aplicaciones de Microblogging

  • Instagram crea un álbum de fotos digital que los demás usuarios pueden comentar y apoyar con un “me gusta”, haciendo clic en un icono con forma de corazón. La plataforma se ha convertido en un inmenso concurso de popularidad, usado masivamente, sobre todo por las niñas, porque les proporciona validación social. Aficionarse a Instagram, se tenga la edad que se tenga, es como volver al instituto, pero a nivel global y público.

 

Aplicaciones para compartir videos

  • TikTok permite a los usuarios crear videos de entre 3 y 60 segundos, que se repiten en bucle. Esos videos pueden ser vistos desde la web de TikTok, o se suben automáticamente a Instagram o YouTube. A menudo, esos clips contienen imágenes explicitas o inapropiadas para niños. Sin embargo, esta herramienta se ha hecho inmensamente popular entre los más jóvenes por influencia de los programas de televisión que muestran y comentan videos caseros que se hacen virales. De mismo modo, hay chavales que se graban (o graban a otros) haciendo cualquier cosa, bien o mal, aunque resulten patéticos o ridículos.

Como decimos a menudo, estas aplicaciones no son buenas ni malas por sí mismas, sino que todo depende del uso que se haga de ellas. Lo cierto es que, por desgracia, es casi inevitable que nuestros hijos acaben teniendo alguna incidencia o mala experiencia usando estas apps, porque carecen de la experiencia de vida, el conocimiento y la capacidad de juicio de los adultos, lo que les sitúa en una posición de riesgo ante situaciones que no controlan.

Buscando el equilibrio entre beneficios y riesgos, hay una serie de temas que podemos comentar con nuestros hijos para ayudarles a navegar seguros por la red:

Acoso (bullying)

  • El acoso ha cambiado con las redes sociales.
    • Las agresiones se hacen permanentes. Cuando alguien es acosado, un espectador o el mismo agresor pueden grabar el episodio, subirlo a redes y compartirlo a través de varias plataformas, de manera que un número ilimitado de personas puede verlo y hacer comentarios. Esto crea una cascada de humillación, maldad y agresión continuada sin consecuencias para el agresor y con efectos devastadores para la víctima que, además, tiene que revivir el episodio innumerables veces, sin esperanza de que la pesadilla termine.
  • El ciberacoso (cyberbullying) puede estar encubierto.
    • A menudo, en las redes sociales se comparten comentario críticos, ofensivos o hirientes, bulos y rumores sin que la víctima lo sepa. Para cuando ésta se entera, los mensajes ya se han extendido por la red y es imposible borrarlos, desmentirlos o defenderse del impacto. Al mismo tiempo, el agresor no es consciente de la repercusión y las consecuencias de su ataque, por lo que tampoco verá una razón para pensarse dos veces lo que hace cuando lance otros mensajes en el futuro.

Para intentar reducir el ciberacoso, debemos enseñar a nuestros hijos a comportarse de la misma manera en internet que en persona. Si hay algo que no dirían a alguien cara a cara, no deben tampoco decirlo a través de las redes. Los chicos y chicas se sienten empoderados cuando están protegidos tras una pantalla y atacan con rabia a otros porque no temen las consecuencias inmediatas que tendrían sus palabras si fueran dichas “a la cara”.  Nosotros, como progenitores, debemos esforzarnos en enseñar valores que les sirvan para reflexionar, evaluar cómo se sienten, pensar como se sentirá la otra persona si recibe el mensaje que están planeando enviar, y considerar otras opciones antes de lanzarse al ataque. Este proceso, no obstante, es una capacidad aprendida, que necesita tiempo para desarrollarse y que sólo adquirirán si les orientamos correctamente.

Redes sociales y depresión

Algunos niños y adolescentes pueden desarrollar síntomas de depresión si pasan demasiado tiempo navegando por redes sociales. Este trastorno se asocia a la frustración generada por la percepción de no ser popular en las redes, porque no se consiguen suficientes likes (“me gusta”) a nuestras publicaciones o followers (seguidores de nuestro perfil). El egocentrismo propio de la adolescencia lleva a los chicos y chicas a comparar su realidad con la vida — edulcorada y supuestamente perfecta– que los demás muestran en sus redes. Se trata de una reacción comprensible, ya que los adolescentes miran a sus iguales buscando confirmación y reafirmación en la búsqueda de ellos mismos y de su lugar en el mundo. El problema es que tener tanta información sobre los demás, y tan sesgada, puede provocar que nuestros hijos crean que no dan la talla cuando se comparan con otros.

Nuestro trabajo como padres es mostrar a nuestros hijos la falsa realidad que describen las redes. Debemos hacer que se den cuenta de que esa foto tan glamurosa seguramente se ha conseguido tras 100 selfis de prueba y unas cuantas horas aplicando filtros de imagen para que parezca “natural”. También debemos explicar que nuestra valía y nuestra autoestima no se construyen con lo que la gente piensa de nosotros, sino con lo que pensamos de nosotros mismos. Si hacemos aquello que nos proponemos, lo mejor que sepamos y poniendo en ello el 100% de nuestra capacidad, y al final estamos orgullosos de lo que hemos hecho o hemos intentado, entonces habremos conseguido nuestro objetivo. Por otra parte, no podemos esperar que todo el mundo virtual conteste cada vez que lanzamos un mensaje en redes. Si conseguimos trasmitir esta lección, nuestros hijos e hijas podrán invertir más tiempo y energía en actividades perdurables, en lugar de perseguir sueños imposibles que no son más que espejismos.

Huella digital

Muchos niños y adolescentes no son conscientes, o no son capaces de asumir en toda su dimensión, el hecho de que todo lo que suben a internet, las páginas que visitan, los productos que compran, los videos que ven y comparten y, en general, toda su actividad online, deja una marca permanente. Prácticamente todos los sitios de internet usan cookies para rastrear las preferencias de los usuarios y así dirigir campañas de márquetin o la publicidad que luego ven los usuarios. El peligro está en que los jóvenes pueden atraer la atención de vendedores que introduzcan productos o servicios inapropiados en sus páginas favoritas.

Otro problema de la permanencia es que algunos mensajes que se suben a las redes hoy pueden conllevar consecuencias indeseadas en el futuro, a la hora de, por ejemplo, buscar trabajo u obtener una beca. En los procesos de selección de personal, muchas empresas rastrean los perfiles de los candidatos, del mismo modo que universidades e instituciones pueden hacer lo propio cuando se trata de conceder ayudas, aprobar proyectos, etc.  En esos casos, fotos ridículas o inapropiadas, opiniones más o menos radicales, memes o chistes de mal gusto, o simplemente comentarios que en el momento parecían oportunos pero que dejan de serlo con el tiempo, pueden un día regresar del pasado para influir negativamente en el futuro de los autores.

Para evitar problemas futuros, es importante enseñar a nuestros hijos que todo lo que suben a internet es potencialmente público y permanente. Un truco sencillo que ayuda a reducir riesgos es que, antes de subir un mensaje o imagen a las redes, se hagan la siguiente pregunta: “¿Quiero que esto lo vea todo el mundo?” Si la respuesta es “no, no me gustaría que esto lo viera mi abuela, o el director del colegio,” entonces es mejor no subirlo. Deben saber que sus “yo” futuros les agradecerán ese momento de reflexión.

Como con todo, los adolescentes necesitan nuestra ayuda y consejo para orientarse tanto en el mundo real como en el virtual. Si somos proactivos y les ayudamos a comprender las posibles consecuencias de sus actos antes de que surja un problema, habremos dado con la mejor manera de mantener a nuestros chicos y chicas seguros, cuando estén conectados a las redes.

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Sobre la Instructora
Paternidad Proactiva
Dra. Deanna Marie Mason PhD
Mas de 20 años de experiencia clínica ayudando a familias: Licenciada en Enfermería, Máster en Práctica Avanzada de Enfermería: Pedriatric Nurse Practitioner y Doctorado (PhD) en enfermería. Profesora universitaria, especialista en educación del paciente, investigadora pediátrica, colaboración con publicaciones científicas internacionales de primer nivel, actividad filantrópica continuada relacionada con la promoción de la salud y el bienestar, esposa y madre de dos hijos.

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